16 de junio de 2015

El umbral


paloma blanca


El umbral

Veo tu nombre, que yo mismo grabé en la roca en mudo desafío al olvido y, de nuevo, torrentes argénteos surcan mi rostro, mientras un coro de arcángeles impasibles me contempla. Son ajenos de mi dolor, porque tienen ojos y corazón de piedra. Cómo les envidio ahora. Los cielos y la tierra, conmovidos, se hacen eco de mis emociones. Porque nada puede existir en este mundo incapaz de añorarte. La angustia que fluye por mis ojos se funde con la lluvia y mi lastimero lamento se confunde con el aullar del viento. Como las nubes, lentamente voy quedándome vacío, hasta que finalmente me rindo y me fundo con la oscuridad. La blanca dama de la noche se abre entonces camino entre la negrura del cielo e ilumina mi cuerpo mojado y ya dormido.  Solo entonces puedo soñar.

Estoy en un prado verde bajo un Sol radiante, mi cabeza está sobre tu regazo y me sonríes dulcemente mientras acaricias mi pelo. Quiero fundirme en un abrazo contigo, besar tus adictivos labios, llorar de amor y de alivio, reír de felicidad y decirte cuanto te amo. Pero estoy dormido.

Entonces dejas con suavidad mi cabeza sobre la hierba, besas mis rizos y te pones en pie. Atardece y yo me quedo tumbado bajo el dorado manto del Sol, mientras tú tomas la forma de una paloma blanca como el alabastro pulido, el mismo tono de tu hermosa tez. Quiero retenerte, abrazarte tan fuerte que no puedas alejarte de mi lado, gritar de puro dolor, llorar amargamente y decirte cuanto te amo. Pero estoy dormido.

El brillo del astro rey me devuelve al mundo. Han pasado horas, mas en mi sueño apenas ha sido un suspiro; tal es la intensidad con la que vivimos en los dominios de Morfeo. Mi corazón, roto y recompuesto, aun sangra por las rendijas que han quedado entre sus pedazos. Una vez más no he podido evitar que te marcharas, pero al menos he podido estar a tu lado una vez más. Ahora comprendo que ya no nos quedan palabras, no al menos hasta que vaya a tu encuentro. Pero sí sé que puedo sentir tu amor imperecedero a través de la delgada frontera que separa nuestros mundos y, de algún modo, sé que tú también percibes lo que yo siento.

Así, hasta que mis manos se arruguen y mi corazón se detenga, hasta que mi cabello palidezca y mis venas se sequen, hasta entonces acudiré a tu encuentro cada noche. Ya que no puedo hallarte en otro lugar, te buscaré por siempre en mis sueños.

14 de junio de 2015

Monstruos en la noche

cabaña


Monstruos en la noche

Por segunda vez en lo que va de noche, llora. Apoyada en la pala con la que acaba de enterrar a su primogénito, mezcla sus lágrimas salobres con la lluvia que el cielo derrama sobre el bosque. Gime y solloza desconsolada. Y yo no puedo abrazarla, porque estoy muerto.

Llegaron al caer la noche, de algún modo encontraron nuestro rastro y aparecieron en la puerta de nuestra cabaña. Destrozaron la puerta a patadas e irrumpieron en nuestro hogar, armados con escopetas. Yo estaba encadenando a mi dulce esposa en el sótano, mientras nuestro hijo esperaba arriba, jugando frente a la puerta. Oímos claramente el estruendo del tiro.

Cogí un hacha y subí corriendo las escaleras, desesperado por acudir en ayuda de mi hijo. Ya era tarde. Su cuerpecito yacía postrado en un charco de sangre, como si fuera un muñeco roto. Su cara aun conservaba el rictus de sorpresa que lucía cuando lo mataron. Lo mataron. Los hombres me apuntaban con sus armas y me preguntaban, esperando una respuesta. Pero yo no podía entenderles. Solo había lugar en mi mente para lo que habían hecho. Enarbolé el hacha y lance un bramido de furia, mientras cargaba contra ellos. No fue muy inteligente. En apenas dos pasos, me acribillaron. En unos segundos yacía junto a mi hijo. Recuerdo que lo último que hice antes de morir fue coger su mano.

Entonces debería haberme ido de este mundo, pero no pude dejar sola a mi esposa. Ignoré la luz que me mostraba el camino hacia mi última morada, salí de mi cuerpo y bajé al sótano. Allí estaba ella, llorando, aun encadenada a la pared. Los hombres no me veían, pero habían bajado siguiendo mis pasos. Cuando la vieron, estallaron en carcajadas, esfumado el temor de sus rostros. Si pensaron que estaba indefensa, se equivocaron.

Aun sin el influjo de la Luna, cuando Diana vio mi sangre y la de su hijo en los ropajes de aquellos tipos, algo cambió en ella. Lanzó un aullido de pura rabia y todos los músculos de su cuerpo obedecieron a su llamada. Su cuerpo cambió para adoptar la forma de un inmenso lobo blanco, de ojos tan negros como la misma noche. Los hombres intentaron reaccionar. Prepararon sus escopetas, mascullaron maldiciones. Pero ya era tarde.

El lobo arrancó las cadenas con una furia nacida del más profundo dolor. Y las paredes se tiñeron de sangre.

En apenas unos instantes, el silencio regresó a la cabaña. Mi amada, de nuevo con forma de mujer, apenas cubierta por jirones de ropa y totalmente ensangrentada, subió las escaleras. Ya sabía lo que la esperaba. Sacó nuestros cuerpos y cavó sendas tumbas. Cerró nuestros ojos y depositó nuestros miembros con cuidado, como si quisiera que descansásemos cómodos por toda la eternidad. Después cubrió nuestros cuerpos con tierra. Sólo cuando nos dio reposo, se permitió derrumbarse.

Esa fue la última vez que mi esposa caminaría sobre dos piernas por este mundo.

12 de junio de 2015

Un relato de Antonio

Antonio Soler Manzanares, autor de Gehenna y Femínidos



Hola amigos,

Como el viernes pasado, hoy quisiera presentaros el relato de un compañero para amenizaros el día.

Hoy tengo el honor de publicar un texto de mi amigo Antonio Soler Manzanares, autor del ensayo Femínidos. El final de nuestra especie y la novela Gehenna (ambos podéis encontrarlos en Bubok, os dejo los enlaces en comentarios), que ha tenido la deferencia de escribir su relato expresamente para este blog. Muchas gracias, Antonio.

Aquí os dejo el texto. Disfrutadlo :-)


Malditos mosquitos

El sudor pegado al cuerpo, atontado por el sueño, incómodo por la picada de mosquito en el vientre. Le costaba concentrarse en nada; no debió haber abierto la ventana. Intentó abrir los ojos pero no veía ¡Qué calor! El aire era denso. Entonces se dio cuenta ¡Estaba sentado!  No podía pensar con claridad, pero estaba sentado sobre sus piernas cruzadas en... ¡Aquello no era su cama!

Parecía... Palpó con las manos a los lados; era como... como si estuviese dentro de un balón de futbol deshinchado; un balón de su tamaño. Qué tontería. Aquello debía ser parte de un sueño, aunque la picada del vientre sí era real, escocía.

Pese a estar muy aturdido intentó, no sin un gran esfuerzo, ponerse en pie apoyando las manos en esa extraña piel que formaba el no menos extraño balón. Palpó hacia arriba y encontró lo que parecía ser una salida, un estrecho paso, la única abertura que fue capaz de hallar. Al ponerse en pie, tocó algo que estaba apoyado en la abertura, una especie de sable. No conseguía verlo en aquella oscuridad, pero era rígido y punzante en el extremo que alcanzaba a palpar. Además, parecía hueco, como atravesado de punta a punta por un orificio. Extraño sable.

Continuó su camino hacia el exterior. Se sujetó al sable para salir, con gran dificultad, del extraño y elástico cuero que lo aprisionaba. Aturdimiento, sudor, sofoco, escozor, falta de visión, entumecimiento muscular, ... Fue terrible, pero aun así consiguió sacar medio cuerpo de la extraña bolsa y llegar a otro receptáculo, que parecía excavado en la tierra. Para ser un sueño ya duraba demasiado. Por fin consiguió sacar las piernas y sentarse en la parte exterior. Entonces  recorrió la superficie del lugar con la mano, todavía a oscuras pero ya con algo de penumbra que le permitía percibir formas entre sombras. La extraña espada terminaba en un gran balón peludo, con dos más pequeños a los lados, pero aquello... ¡Aquello era orgánico!

Se sobresaltó y retiró la mano de golpe. Pero nada se movió; fuese lo que fuese aquello, estaba muerto. La poca claridad que percibía provenía de detrás de lo que fuese que había tocado. Tenía que atravesar aquello para salir. Lo observó de nuevo. Era enorme, pero definitivamente estaba inerte.

Se armó de valor y palpó de nuevo , no sin asco, con la mano. Recorrió el extraño sable, hasta lo que parecía una cabeza, que acababa en unas... ¡Alas! Alas con grandes venas. Era... era imposible, era cómo... un mosquito, un mosquito del tamaño de un ser humano. La criatura yacía en la boca de la bolsa con el aguijón hacia dentro, cómo si este hubiese sido su último movimiento. Probablemente murió allí mismo. Entonces, él tiró con toda la fuerza que pudo del aguijón hacia dentro, para introducirlo en la cavidad.

Al ponerse en pie, sumó su propia inestabilidad a la del terreno móvil. se dio cuenta de que allí no solo estaba la bolsa de la que acababa de salir, sino que había multitud de bolsas similares pegadas unas a otras. El bajo techo de tierra le obligaba a caminar encorvado, así que esquivó como pudo los diferentes orificios de salida de aquellos extraños balones, apoyando las manos en el techo. Buscó cualquier indicio de luz hasta que, por fin, consiguió encontrar una pequeña apertura que daba a una vía de metro. Solo una marquesina de cristales circulares le separaba de la vía. Metió la cabeza entre las mamparas y después el resto del cuerpo. Pero todavía quedaba un obstáculo entre él y la seguridad de la estación, ya que estaba en la línea 9 del metro y un cristal impedía el acceso de ésta a las vías. Y a la inversa. Frente a él, se hallaban las puertas transparentes que se abrían al llegar el metro para que los pasajeros pudieran entrar. Al otro lado del cristal, un hombre esperaba sentado el próximo tren. Esperaba solo, probablemente debido a lo temprano que era y se sobresaltó al verle salir de la vía. Entonces, desde las vías,  se vio reflejado en el cristal y comprendió el sobresalto del hombre. Parecía un espectro pálido y estaba completamente desnudo.

A pesar del susto, el hombre del andén le ayudó a abrir las puertas y por fin logró salir de la vía. Estaba en la estación de Bon Pastor. Y eso era lo último que recordaba. Desde allí debió emprender camino a casa, porque estaba de nuevo tumbado de lado en su cama. No recordaba cómo había llegado; quizás alguien le abrió la portería y seguramente cogió la llave que tenia escondida en la parte superior del marco de la puerta. Se giró dejó para quedar tumbado boca arriba y se frotó la cara con las manos. Volvería a dormirse. Tal vez fue todo un sueño.

Al despertar medio atontado, lo primero que pensó fue que necesitaba una ducha; le dolía todo el cuerpo y tal vez la ducha sería la solución. Entonces se dio cuenta de que el picotazo en el vientre no formaba parte de un sueño; era muy real. Un fuerte dolor abdominal le hizo llevarse las manos al vientre. Algo se movió dentro. En el espejo, pudo ver como una larva gigante empujaba desde el interior mientras se alimentaba de sus intestinos.

10 de junio de 2015

Amor misterioso

Libros viejo en estantería


Amor misterioso

La mujer acudió ilusionada a la biblioteca, como cada día. Su largo cabello negro surcado por algunas canas y sus ojos verdes, ocultos tras unas gafas con montura de metal, brillaban al cálido Sol de la tarde. Saludó a los habituales con una sonrisa en los labios y acudió presurosa a buscar el libro que había dejado allí la tarde anterior.

Como cada tarde, buscó el marcador que le indicaba dónde se había quedado y, como cada tarde, encontró también una pequeña flor prensada y una nota manuscrita. A pesar de que durante semanas había encontrado halagadoras cartas de amor y flores en el libro que dejaba el día anterior en la estantería, encontrar una nueva ofrenda siempre le aceleraba el corazón y la colmaba de alegría. Leyó la nota con avidez. Dulce, elegante y encantadora, como siempre. Sin embargo, en esta ocasión la nota la instaba a citarse con su admirador secreto en un local cercano esa misma tarde, tras su lectura. Ella releyó la nota con una sonrisa y guardó el papel y la flor en el bolso con gran cuidado. Después, procedió a sumergirse en la novela.

Tras un par de horas, la mujer escribió algo en el punto de lectura, lo colocó en la página dónde se había quedado y se marchó a casa. Más tarde, cuando su admirador, harto de esperar, acudió al libro de nuevo, se encontró con su nota "Lo siento, mis historias favoritas siempre fueron las de misterio".

La puerta a otros mundos

torreón


La puerta a otros mundos

El viejo rey se sabía derrotado. Su enemigo era más joven, más fuerte y más fiero. Pero esa no era razón para rendirse. Se limpió la sangre que manaba de su frente con el dorso del guantelete y se levantó. Su rival no pudo evitar reírse. Se trataba de un adversario imponente, de más de dos metros y enfundado en una armadura de escamas. Era tan feo que al rey no le hubiera extrañado que tuviera sangre de trol.

De repente, el gigante embistió con su gran hacha y el rey a duras penas fue capaz de esquivarle. Cada golpetazo del monstruo iba empapado de un odio venenoso hacia cualquiera nacido en la luz, mas el viejo rey luchaba por su pueblo y eso le infundía una determinación inquebrantable. Pero su edad triplicaba la de su contrincante. Tras un movimiento rápido, las armas chocaron y se inició un forcejeo. En una competición a fuerza bruta no tenía nada que hacer. El rey fue desarmado y su enemigo lanzó un grito, dispuesto a rematar al anciano e iniciar su reinado de terror. Pero desarmado e indefenso no son exactamente lo mismo. El rey...

De repente, algo sacó al niño de su lectura. Su madre le decía que debían irse ya. Eso le disgustó, porque el libro estaba muy interesante, pero ella le dijo que se lo podía llevar a casa. Con una sonrisa, siguió a su madre, pensando que la biblioteca era en realidad una puerta mágica a otro mundos.

9 de junio de 2015

El hombre que vivió mil vidas


hombre sosteniendo bastón

 El hombre que vivió mil vidas

El anciano se aproximó con paso renqueante a la mesa de la biblioteca, apoyándose en su bastón y sosteniendo en su mano izquierda un libro encuadernado en cuero. Se sentó con dificultad y acusó la humedad de la tarde en el dolor de sus rodillas. Tras ponerse cómodo, abrió el libro, que crujió levemente y se detuvo un instante a inhalar el maravilloso aroma que despedían sus páginas. "Lo único mejor que el olor de un libro nuevo es el olor a libro viejo", se dijo. Y la promesa silenciosa de ese aroma fue suficiente para acelerar su corazón.

En las horas siguientes, el anciano sonrió en complicidad con el autor, muerto hacía ya mucho, rió con ganas en algunas escenas e incluso lloró con otras. Lentamente, el dolor de sus rodillas fue pasando a un segundo plano y, a medida que la luz de la tarde iba menguando y el hombre se adentraba cada vez más en el libro, su rostro parecía más joven. Podría decirse que la tenue iluminación desdibujaba sus arrugas, pero lo cierto es que la propia mirada y el gesto del anciano cambió.

Llegada la hora acostumbrada, cerró el libro y volvió a ser el mismo hombre que unas horas antes. Se levantó con dificultad, devolvió el libro en el mostrador con modales exquisitos y salió del lugar. Como cada noche, el anciano no pudo evitar maravillarse de que en ese lugar mágico, pudiera vivirse toda una vida en apenas unas horas.

8 de junio de 2015

El cuerpo




Perro

El cuerpo

Encontraron el cuerpo del vagabundo por la tarde, en un callejón. Había sido apaleado hasta la muerte por un grupo de jóvenes, demasiado borrachos y demasiado afortunados para concebir siquiera lo que era pasar necesidad. Había ocurrido a plena luz del día. Pero lo que realmente afectó a aquellos que contemplaron la escena fue el perro. El pobre animal yacía recostado al lado del que había sido su amo, confundido y asustado. Todo el que miraba a sus ojos podía ver la muda súplica de ayuda para su compañero. Todos apartaban la mirada, algunos con rabia hacia sus jóvenes asesinos, otros con infinita tristeza. Nadie podía hacer nada.

El animal debió haber tratado de defender a su amo, porque también había sido golpeado. El forense que examinó al vagabundo, incapaz de mirar hacia otro lado, lavó y desinfectó las heridas del can. Debería haber llamado a la perrera, pero no lo hizo. Ninguno de los presentes lo hizo. Nadie pudo. Incluso cuando metieron el cuerpo del hombre en una bolsa de plástico y se dispusieron a transportarle, el perro siguió a su lado. Los funcionarios lo permitieron, porque la tristeza en los ojos del animal era tan patente que desarmaba a cualquiera que posara su vista en él.

Así, llevaron a ambos al depósito en una camilla; el vagabundo en una bolsa de plástico y el perro sobre su regazo. Cuando lo dejaron ante la cámara frigorífica de la morgue ya había caído la noche. La burocracia siempre se cobraba su tiempo. El cuerpo pasó varios minutos en la sala vacía, esperando su turno mientras los funcionarios rellenaban papeles. Pero su turno no llegó.


La bolsa empezó a moverse y, haciendo gala de una gran fuerza, el cuerpo sin vida del vagabundo la reventó y consiguió liberarse de ella. El perro empezó a menear la cola excitado y después a lamer la cara del cadáver, cubierta de sangre seca. Sus ojos sin vida se posaron en el animal. A pesar de que lo que quedaba de él estaba prácticamente destrozado, sus movimientos eran rápidos y fluidos. En un solo gesto, posó su mano destrozada sobre el cuello del animal. Entonces empezó a acariciarle.

El hombre había vuelto de entre los muertos para cuidar de aquello que le había sido más querido en vida. Aquel perro era lo único que había amado y su alma jamás hubiera podido descansar sabiéndolo desamparado. El zombi se levantó de la camilla y se dirigió a la puerta, seguido de su fiel compañero. Esa noche ambos cazarían y se alimentarían juntos. Devorarían la carne de aquellos malnacidos que habían pegado a su perro.

5 de junio de 2015

Un relato de Fernando

Fernando Gracia Ortuño, escritor
Hola amigos,


Hoy, en lugar de colgar un relato mío, he preferido daros algo más de variedad colgando el relato de un compañero que ya lleva una buena carrera en esto de las letras. Nuestros estilos son diferentes, pero he pensado que probablemente ello cree un refrescante contraste.


Se trata de Fernando Gracia Ortuño, que ya ha publicado varios libros de relatos (El mote y otros relatos satíricos, El escaqueator y otros relatos y Y digo yo) e incluso se ha atrevido con una novela (Un detective en la cocina).


Sin más, os dejo con su texto, que ha escogido él mismo muy amablemente para su publicación en este blog. Disfrutadlo :-)



El domador


Hay que tener un par de narices para enfrentarse a ellos cada día. Huelen tu miedo, y están esperando la mínima ocasión para abalanzarse sobre ti cuando estás desprevenido. Ni el látigo ni el estoque que llevamos serían suficientes si tuvieran hambre. Me acorralarían y con sus artimañas bien estudiadas acabarían conmigo en pocos segundos. Están acostumbrados, llevan millones de años en la sabana estudiando sus estrategias y poniéndolas en práctica frente a las cebras o los bisontes, que también han aprendido a sortearlos de mil formas diferentes.Pero estos leones son especiales, me conocen, han aprendido a oler mi inseguridad, y si no fuera porque los conozco yo también y los he estudiado a conciencia, ya habrían acabado conmigo. Cuando abren sus fauces y empieza el show parece que saben la expectación que generan frente a su público, que los contempla impresionado y sin aliento, pero sin tener verdadera idea de lo que representa estar aquí dentro encerrado con ellos en una jaula. Yo sí que lo sé. El día que nadie pudo evitar la tragedia, el público vibró de verdad, cuando devoraron a mi sustituto en un periquete. Por lo visto el mozo encargado de darle de comer por la tarde no lo hizo, porque tuvo que irse a un concierto en el Palacio de los Deportes. Yo contemplé las imágenes aterradoras por televisión. No se dejaron ni los huesecillos repelados del pobre domador, y todo frente a millones de personas que se quedaron de pasta de boniato, y, lo que es peor, sin mover un solo dedo por la impresión. Claro, estoy muy indignado porque me hubiera tocado a mí, de no ser porque también fui al concierto esa noche. El lumbreras este del mozo de cuadras no le dio de comer a estos leones, y seguramente cuando se largó estaba pensando en algún ligue, el hijo de su madre. Porque no me puedo creer que uno pueda llegar a ser tan despistado, ¡joder! Yo, la verdad, eh, ya no sé qué pensar…, ni dónde demonios vamos a ir a parar con esta juventud que tenemos hoy en día en este país. ¡Parece mentira que encima que ofreces trabajo en un circo, se toman sus obligaciones tan a la bartola...! ¡Y dejan sin comer al león, joder! ¡Y dejan sin comer al león antes del espectáculo! ¡Para que te vayas con los soldados! ¡Pero, pero, pero…! ¡Pero en qué país vivimos! ¡Que me lo explique algún psicólogo… en qué cabeza cabe…! ¡Pero basta, basta, ya no puedo más, señores de la prensa! Otro día, cuando se me pase el ataque continuaremos hablando…


Fernando Gracia Ortuño

4 de junio de 2015

Por mi hogar



Montañas cubiertas de nieve

Por mi hogar

El grupo de soldados avanzaba por los fríos páramos cubiertos de nieve. Había llegado la primavera, pero la densa capa de blancura que cubría los suelos hacía que se vieran obligados a caminar, guiando a sus monturas desde el suelo. Iban cubiertos por gruesos pelajes y portaban hachas, lanzas y escudos. Eran saqueadores.

El explorador los vio, ya muy cerca de su aldea. No tenía tiempo de llegar corriendo a avisarles. Pensó en los niños y los ancianos, los hombres y las mujeres, todos perecerían si aquellos hombres atacaban por sorpresa. El hombre llevó sus manos ante su boca, formando un cono y gritó con todas sus fuerzas para dar el aviso. Los saqueadores le oyeron, le vieron y él pudo ver en sus ojos la sed de sangre. Corrieron hacia él, blandiendo sus armas enardecidos. Pero él continuó gritando. Continuó gritando hasta que llegaron hasta él y un hacha abrió su garganta y varias lanzas perforaron su pecho y sus flancos.

Mas los valles y la montañas de su hogar no permitieron que su grito muriera con él y levantaron ecos cada vez más vibrantes, que reverberaron en el aire, en la tierra y en los corazones de sus enemigos. Los montes, conmovidos por su sacrificio, lloraron nieve que en desconsolada avalancha corrió presurosa a sepultar al valiente hijo del valle. Y, con él, a todos sus enemigos.

2 de junio de 2015

El oso




Oso pardo en el bosque

El oso

Un día más, Celia recorría el bosque en busca de su hijo perdido. Habían pasado ya tres meses desde que acampara en el lugar y todavía no habían dado con él. Se encontró su tienda, se encontró su ropa y se encontró mucha sangre. Un oso, dijeron las autoridades. Pero abandonaron la búsqueda y le negaron la posibilidad de decir adiós. Por poco que quedara de su hijo, necesitaba darle sepultura para que pudiera descansar en paz. Para que ambos pudieran descansar.

El Sol se tornó rojizo y las sombras eran cada vez más alargadas. La mujer se sintió desfallecer. Había pasado otro día y no había encontrado nada. No sabía cuánto tiempo iba a poder seguir así. Se dio la vuelta para emprender camino hacia su coche y se encontró de bruces con un oso. Era una enorme bestia parda, que pareció tan sorprendido como Celia ante el encuentro. Pero no tardó en reaccionar. El animal se irguió sobre sus dos patas traseras, alcanzando una altura de poco menos de dos metros y lanzó un poderoso rugido hacia la mujer. Celia quedó totalmente aterrorizada, hasta el punto que cuando el oso rugió, se cayó de espaldas y se quedó sentada en el suelo. En lo único que podía pensar es que se encontraba ante el asesino de su hijo.

Viendo a la mujer en el suelo, el oso se puso a cuatro patas y se dispuso a acabar con ella. De un solo zarpazo con sus oscuras patas delanteras abrió una herida en el hombro derecho de la mujer, que chilló de dolor y cerró los ojos, para no ver cómo la criatura la devoraba viva. Oyó terribles rugidos y al animal moverse,  parecía que se alejaba de ella. Cuando volvió a abrir los ojos, vio al oso pardo luchando con un enorme lobo negro. A pesar de que se trataba de un ejemplar gigantesco, el oso doblaba el tamaño del cánido. Pero el lobo era mucho más rápido. Cada vez que el oso lanzaba un zarpazo o una dentellada, el animal se las arreglaba para esquivarlo y propinarle un terrible mordisco en el flanco o en las patas. Los rugidos de los animales en batalla eran terribles y retronaban en la quietud del bosque. Tras unos breves instantes, el oso huyó despavorido, con todo su pelaje salpicado de heridas.

El lobo entonces se giró hacia Celia, se acercó hasta que sus rostros estuvieron a escasos centímetros y lamió su rostro con su lengua aun cubierta de la sangre del oso. La mujer se sentía tan abrumada que ni siquiera se asustó. De repente, se quedó mirando a los ojos de la bestia y rompió a llorar. Abrazó al lobo, mientras dejaba salir en forma de llanto todo su dolor y su angustia. Por fin había encontrado a su hijo.

29 de mayo de 2015

En la espesura

Lago reflejando la luna llena

En la espesura

Los niños corrían en plena noche por el bosque, desesperados, huyendo del hombre acorazado y armado con una espada que acababa de matar a sus padres. El hombre era lento, pero los niños iban descalzos y apenas vestidos con una camisola, con lo que a cada paso las ramas y las piedras les lastimaban los pies.

Finalmente llegaron ante un gran lago y los niños se quedaron dudando en la orilla sin saber qué hacer. El caballero no podría seguirles con su armadura, pero apenas sabían nadar. Esos segundos de duda fueron suficientes para que el hombre les diera alcance. Sonrió. Esa noche su espada, ya ahíta, volvería a probar la sangre azul.

Pero de repente el bosque se sumió en el silencio más absoluto y del lago emergió una ninfa, cuya piel tenía el color de la madera, su cabello estaba compuesto por hojas y sus ojos verdes parecían esmeraldas. El alma negra del caballero no pudo soportar tal pureza y huyó de su cuerpo, con lo que murió en el acto. La criatura acogió amorosamente a los niños en su seno "Algún día, volveréis para reclamar lo que fue vuestro"

Gajes del oficio

Mansión desvencijada por el paso del tiempo

Gajes del oficio

El hombre esperó ante la casa a que no hubiera nadie en la calle. No era una vía muy concurrida, ni siquiera a esas horas de la mañana, pero debía tener cuidado, ya que la urbanización contaba con un servicio privado de vigilancia. Cuando se sintió seguro trepó rápidamente al tejado, a pesar de la gran bolsa de deporte que llevaba colgada al hombro. Contenía los útiles de su oficio.

Se situó frente a la ventana, desconectó la alarma con la habilidad de un profesional, la abrió y entró. Estaba en un desván repleto de muebles antiguos tapados con sábanas. Se llevaría lo que pudiera, pero primero debía hacer algo.

Encontró a la joven durmiendo en la cama en el piso de abajo. Era morena, de piel clara y bellísima. Él abrió su bolsa de deporte y sacó sus herramientas. Se acercó a la cama y apoyó la estaca sobre el pecho de la joven, mientras alzaba el brazo del martillo. Entonces ella abrió los ojos. Esos brillantes ojos verdes eran lo más bonito que el cazador había visto en su vida. También fueron lo último.